La sociedad occidental de origen judeo-cristiano ha desarrollado múltiples formas de
contención del individuo. El cuerpo ha sido moldeado, medido, extendido, comprimido, herido y vendido. Su movimiento, su volumen, su textura, su aroma, y el espacio que genera a su alrededor, han
sido y continúan siendo determinados como forma de control. Este poder es ejercido de diversas maneras, a través de múltiples dispositivos, algunos detestables en su evidencia, como el beber
vinagre para provocar una belleza anémica, y otros, terribles en su encanto, como las heridas que abren paso al color del tatuaje. La vestimenta se instala como el principal de estos
dispositivos, ella cubre, aprieta, tensa, y nuestro cuerpo se doblega ante su tiranía. Su historia, desde la Edad Media a nuestros días, ha sido un devenir entre dos mundos, por un lado, el
utilitario (suntuario o funcional) y por otro lado, el artístico (desde los automátas alemanes a Klimt, Dalí y Basquiat, pasando por Torres García). La alta-costura institucionaliza, el
pret-a-porter masifica, el jean y la ropa del día a día, uniformiza y nos hace perder en el anonimato. Nuestros cuerpos, dejan de ser nuestros para devenir en un doloroso y esforzado simulacro
del maniquie que nos ignora displicentemente detrás de su prisión de blindex.
Sin embargo, las telas que nos envuelven, no son solo armaduras que inmobilizan, también son la cara que mostramos al mundo. La piel que asoma por entre
los frágiles intersticios de las formas esculpidas sobre nuestros cuerpos, los secretos apenas insinuados por una leve ráfaga de viento, o un movimiento brusco, no son más que una incitante
invitación a un juego de relaciones que puede ser incluido dentro del concepto bajtiniano de lo carnavalesco. Para Mijail Bajtin, las ocurrencias sociales están cuidadosamente demarcadas por las
ideologías políticas que sostienen la necesidad de un orden absoluto capaz de organizar nuestras vidas. La materialidad corporal aparece como un espacio privilegiado de control social, pero su
pretendido orden absoluto es difícil de sostener, el azar, la sorpresa, la incertidumbre, la imaginación, emergen insistentemente en nuestras vidas, ya que ellas son nuestros puentes con la
inteligencia. Cuando lo inesperado surge trae consigo el caos que nos rescata del lugar que la ideología nos designó, este caos triunfante es el carnaval, mágico hierofante que nos brinda la
oportunidad del cambio a través de la evidencia del Otro.
La vestimenta es un espacio de relación, de ahí su
utilidad política. Ella nos presenta ante el Otro, haciendo así posible nuestra incidencia sobre él.
Pero qué sucede cuando la ropa no permanece en su lugar, cuando nos traiciona, traviesamente, y revela lo que queremos ocultar, cuando le muestra al
otro que no somos, exactamente, lo que pretendemos ser; ella deviene, sencillamente, ruptura carnavalesca, fracturando los dispositivos de seguridad de nuestro mundo personal. Estas
circunstancias, que desde una mirada frívola e indiferente, pueden parecer banales, son capaces de aniquilar nuestra identidad y su legitimidad social. Quedamos desnudos frente al Otro. El poder
se derrumba frente a la pulsión carnavalesca, siendo capaz de liberarnos al mostrarnos el rostro hueco de los códigos sociales. Estas características hacen del carnaval algo imposible de
controlar y así como nosotros mismos podemos intentar hacer uso de lo carnavalesco en la instancia privada de nuestras relaciones interpersonales, en el cálido encuentro fraterno, puede
volverse en nuestra contra en un lascivo encuentro amoroso. En la instancia pública de lo social hay resistencias creativas que disruptan los cánones preestablecidos. De esta manera el carnaval
revela su plena productividad, la cual solo es posible bajo la condición estética.
La obra de Micha Deridder se desarrolla en este juego del devenir, donde las ideologías ordenadoras estallan ante el hecho brutal de la transformación.
Las prendas de vestir concebidas por ella se resisten furiosamente a tal designación, los materiales que utiliza, lanas, algodones, latex, taktel, peluche y palabras, no tensan, no aprietan, no
hieren, ni moldean la materialidad del cuerpo, sino que la liberan, facilitando su ascenso al mundo de la fantasía. La corporalidad deviene imaginación. Sus piezas de desdoblan en un juego
continuo, nada es lo que parece y lo que aparece es nada. Los géneros y las texturas adquieren la capacidad de representar el juego infinito entre el yo y el Otro.
Esto se resume en su obra Un pequeño vestidito par(a) mí, para mí o para compartir con mi par, la eterna necesidad del Otro, para juntos revelar un
tercero, la relación, el Otro como alguien ajeno a nosotros o el Otro dentro nuestro, el niño que ocultamos ya que es socialmente inaceptable. El Otro que con un fugaz roce, cruza momentáneamente
por nuestra vida y nos libera de la propia locura, el doble en sí mismo, un tapado que es a la vez un vestido de cola, y el Otro que se transforma en uno, una pollera para mí que es un tapado
para ti. Prendas que deben ser llevadas por dos personas a la vez, amigos, hermanos, colegas, amantes o alguien encontrado al azar, prendas que si se llevan de a uno nos señalan brutalmente el
vacío en ellas generado. Paradigma de la Otredad, una chaqueta de un hombre solitario que se metamorfosea en un amoroso monstruo de cuatro brazos dentro del cual van él, su mujer y sus futuros
hijos, uno que es dos, que se revela en tres y un tres que puede transformarse en más. El yo y el Otro pierden su cualidad dual para acceder a la condición triádica.
El dos es el número de la similitud, de los géneros unidos, del reflejo en el espejo. El tres es la diferencia, es la union misma, es la superficie del
espejo. Pero las superficies reflejantes no son nada en sí mismas, solo son a partir del Otro, el reflejo es solo la posibilidad prometida a alguien que decidió verse a los ojos. Las piezas de
Micha Deridder son la posibilidad que nos reconcilia con nosotros mismos, con el yo que está contenido en el Otro. Sus prendas acarician los cuerpos y les brindan la oportunidad de ser
conducidos, a través de un lazo de ternura, a la condición de la posibilidad. Los hombres y mujeres, inmersos en sus prendas dobles, juegan a ser Uno y el Mismo, la mano es obligada a asir el
cuerpo del otro, estas dulces prisiones de dos nos obligan a acompasar los pasos, a tomar conciencia del Otro y de nosotros mismos, y la necesidad de conocer y reconocer al Otro para poder
caminar, bailar y amar. El tres oculto detrás de la evidencia del dos, adquiere así la manifestación física del contacto de un cuerpo con el Otro, evidenciando la relación de manera inexorable.
El carnaval se hace presente a través de estas prendas que son movimiento, sin ser objeto, que son posibilidad, sin ser identidad, que son revulsión, sin ser destrucción.
Las piezas de esta artista se vuelven hacia el cuerpo en un gesto de protección que conmueve.
Dou-Dou, objeto transicional, pieza de pasaje del seno materno al mundo social. Deux x Doux, dos veces dulce, dos veces suave, dos veces manso. Este
juego de sentidos es habilitado por la recurrencia de las posibilidades facilitadas por fonemas que resbalan en la percepción humana. Jaques Derrida alertó hace ya tiempo de los secretos pliegues
entre el sonido articulado de nuestra voz y su registro en el papel. La escritura habilita ideas que escapan al oído. El nombre de la muestra se ofrece a la acción interpretativa del ritmo
acústico de las palabras. Dulce, suave, manso, tres conceptos, tres experiencias, tres condiciones que se ocultan y asoman, a la vez, en un juego de intermitencias dinamizado por la motividad de
la DIFERANCIA; de esta manera la artista propone ya desde el paratexto que constituye el título una clave interpretativa de su obra que invita a la sonrisa maliciosa y a la cálida confusión que
ilumina la inteligencia, en tanto nos enfrenta a la incertidumbre de los sentidos. La DIFERANCIA, es esa diferencia que se escapa, aún, a la percepción, pero que marca nuestro conocimiento del
mundo. Micha Deridder se atreve a explicitar esta ausencia determinante bajo la forma de una luz que corona la cabeza de los sujetos que portan sus creaciones, y que a la vez son portados por
ellas. La luz es lo único que sobrevive a la fatalidad del final en una imagen que en su repentismo se roba todos los misterios que momentos antes pretendía revelar.
Estos hombres y mujeres que se desplazan juntos o separados, envueltos en las posibilidades que los géneros que los acogen abren para ellos, adquieren
la condición de criatura feérica . Los duendes y las hadas viven en un mundo alimentado por nuestros sueños y pesadillas, al cual solo podemos acceder cuando se nos permite ver más allá de las
sombras que nos rodean. Las criaturas feéricas son solo presencias que apenas podemos percibir con el rabillo del ojo y que desaparecen al girar nuestra cabeza. Ellas son metáfora de la
representación resbaladiza de nuestras ansias. Bellas y horrendas, sus mil rostros, sus sortilegios y su conducta incomprensible, que se rige por códigos que escapan a nuestro
entendimiento, dan forma inasible al caos de nuestras pulsiones. La imaginación es la herramienta que moldea sus sombras y que les otorga el derecho a acecharnos cada vez que nos vemos en el
Otro.
Los seres feéricos están dentro nuestro, son la furtiva representación del niño que fuimos, terrible y múltiple. Cuando en la infancia no reconocíamos
la diferencia, eramos uno con el mundo, pero la continuidad del Sí Mismo no resiste al gesto brutal de la separación materna. La madre, que es todo para el niño, realiza el acto horrendo de
gestar la diferencia al separarse de él. Cuando el niño se encuentra solo en un mundo de fría diferencia que no lo continúa se hunde en la desesperación de la ausencia de aquello que creía que
era parte suya, entonces se apropia de una de esas diferencias y la hace uno consigo mismo. Dou-Dou es la designación coloquial que adquiere en el mundo francófono este objeto transicional. Puede
ser un juguete de frío metal, una áspera manta, una dura roca, o cualquier objeto, que de repente por la acción de la ansiosa soledad se transforma en la cálida seguridad del Sí Mismo
reconstituido. El objeto transicional reconcilia al niño con el mundo estableciendo una suave, dulce y mansa relación triádica. El Dou-dou abraza y acoge a través del mismo gesto simbólico que
establecen las piezas de Micha Deridder. La relación de los cuerpos con el mundo obtiene así un puente físico que se dirige hacia la calma revulsiva del Otro encontrado. Pero la memoria de ese
niño sorprendido, aterrado, sumergido en la inmensidad de la soledad permanece dentro nuestro, es él quien recurre a la exquisita perversidad de las hadas, ellas son las ausencias que,
paradójicamente, ocupan el lugar de las presencias que ya no están y nunca volverán, pero siempre recordaremos con una suerte de dolorosa nostalgia.
Micha Derrider simultáneamente, mientras
presenta su procesión de seres feéricos, nos proyecta, en el fondo, imágenes de su infancia. Se regodea en esa nostalgia y nos exhibe gozosa los dones de su niño encontrado y como un suave
golpe en el rostro, dado por dos manos que en su seno acogen imágenes de la Bella Durmiente, nos muestra tambien imágenes de su niñez, de su Dou Dou, del camino que tuvo que recorrer.
El sueño de la Bella Durmiente es el viaje iniciático del niño que abandona la infancia para dirigirse hacia el
mundo. Las hadas amables se reúnen en una bienvenida que representa la calidez del seno materno y su continuidad en el Sí Mismo. Pero una de ellas fue excluída, la diferencia vivida como
amenaza. El hada postergada deviene bruja. La Bella pagará el atrevimiento de pretender renunciar a la diferencia interior que vuelve posible la relación con el mundo real a través de la condena
al sueño eterno. La bruja no es más que la caricia amable del Sí mismo vuelta zarpaso del Otro interno que se revela diferente. Entonces es ahí donde la madre, conciliadora, bajo la forma de un
hada tardía, transforma la pérdida en rescate del Sí Mismo al transformar el castigo mortal en sueño reconstituyente. Este representa la conciencia dormida en un estado letárgico del cual
solo se podrá salir con la intervención de un Otro externo, a cuya diferencia sólo se puede acceder mediante la metamorfósis del yo, que se abre a la relación social. El sueño deviene así en
crisálida envuelta en las espinas de la naturaleza, instigada por la bruja, madre maldita, cuyo rostro ausente oculta al dragón agazapado. Figura del seno acogedor que se desdobla en un terrible
juego de presencias tranquilizadoras y de ausencias inquietantes, del cual nos rescata la relación social.
Micha Derrider es a la vez Fauna, Flora, Fortuna, la Bruja, el cerco de espinas, y otras tantas hadas y sombras anónimas, desdoblándose en cada una de
sus piezas, que acercan o alejan a esos seres fantásticos, por ella creados, de nuestra realidad cotidiana, enfrentándonos, a veces brutalmente, a veces con ternura y, a veces, casi sin quererlo,
con distintas otredades que nos hacen cuestionar si la diferencia no seríamos nosotros. Las voces que susurran y gritan dentro nuestro adquieren dimensión social al vincular nuestro cuerpo con
los otros cuerpos a través de la mediación de los géneros y las texturas. La ropa que se desdobla en sí misma, revelando el Otro que contienen y que les otorga la identidad de lo que son, libera
dichas voces hacia las percepciones y los sentidos de los demás. Esta Polifonía habilita el carnaval de los sentidos y las sensaciones, liberando el rostro sorprendido del niño que fuimos y que
somos en el abismo de nuestras emociones y de nuestras ideas.
© Richard
DANTA et David-Elliot SALAMANOVICH
Micha Deridder,
Née le 15 Juillet 1967, à Charleroi, Belgique.
Domiciliée au 3, passage
Andre Creteaux, 44000 Nantes, France.
1998
Post-diplôme, école des Beaux-arts de Nantes.
1993
Diplôme d'études supérieures en Stylisme et création de mode, Ecole
nationale supérieure des arts plastiques et visuels de la Cambre, Bruxelles, Belgique.
1998
Exposition personnelle, 1 2 3 juillet, Temple du goût,
Nantes.
Exposition collective, post-diplôme, Nantes.
Exposition Maison Billaud, Fontenay le comte.
Collaboration à divers projets
d'artistes:
Nicolas Floc'h, Sandra Palomar, Céline Duval, Anne de Sterck.
Défilé "Délice please", Olympic, Nantes.
1995/96
Installation par la compagnie Argent, Tokyo.
1995
Défilé, Divan du monde, Paris.
Exposition Influenza, Mons (B).
1994/97
Conception et réalisation de divers vêtements pour les
compagnies: Olga de Soto, Michèle-Anne Demey, et Zirk Théatre, Bruxelles.
1994
Défilé, festival des Jeunes créateurs, Tignes.
Prix du festival des Jeunes créateurs.
1993
Prix Inno, pour la collection la plus innovatrice,
Bruxelles.
Lauréat du 8 ème salon européen des Jeunes stylistes, Hyères.
Exposition Arte & Stijl, Bruxelles.
1992
Lauréat du 7 ème salon européen des Jeunes stylistes,
Hyères.